La villa de Enciso y sus aldeas es uno de los municipios más interesantes, antiguos e importantes de toda la comunidad de La Rioja, con prácticamente un milenio de historia documental. Debajo de la actual localidad se han encontrado restos de lo que podría ser un asentamiento de época celtibérica, cuya historia todavía está por escribir ante la falta de nuevas excavaciones. También se conoce que el territorio y villa fueron ocupados en época musulmana, siendo su mejor fuente los restos del castillo de evidentes trazas islámicas, correspondientes al final del periodo BanuQasi. Sin embargo, no será hasta la conquista cristiana por parte del rey Sancho IV de Nájera-Pamplona de la ciudad de Calahorra y su territorio circundante cuando se pueda contar con evidencias documentales claras e irrefutables de la existencia de lo que se corresponde con la actual villa de Enciso.
Tradicionalmente se ha recurrido al Falso Voto de Fernán González como primer documento en donde se menciona la villa de Enciso: “Todas las villas de los dos Cameros un queso por cada casa. Ortigosa una gallina y un pan por cada casa. Enciso, Arnedillo, Ocon, Peñaacha, Herce, Prejano, Arrendó, Kel, Autol, Bea, Calahorra, Andosilla, Carcar…”, fechándose dicho documento en el año 934. Sin embargo, tras varias investigaciones, historiadores como Javier García Turza han descartado que se trate de un documento original, resultando una copia de finales del siglo XII o inicios del siglo XIII. No será, por lo tanto, hasta el año 1109 cuando tengamos una noticia documental sólida momento en que la villa y fortificación estaban controladas por Fortún Íñiguez, cuya familia había controlado Belorado y Grañón desde el año 1033.
Algunos otros datos que
conocemos de época medieval es que Enciso aparece citado en el fuero de Yanguas
como limítrofe de esta villa; que en el año 1173 el rey Alfonso VIII residió un
día en la localidad tras una incursión a Navarra y que generó un documento en
donde se donaba en la puerta de Tudela a Franco, un canónigo de Calahorra; que
la villa dejó de ser de realengo el 9 de octubre de 1184 cuando Anfoso VIII la
permuta por Arlarzón, Bocigas y Villa Ciz por Diego Jiménez y Guiomar; o
también la primera aparición de clérigos en Enciso en un documento de Monte
Laturce de 1224.
Durante todo este periodo
es cuando la villa irá adquiriendo su carácter fortificado que mantendrá hasta
finales del XIX e inicios del XX, con la construcción de los restos más
antiguos de la iglesia de San Pedro (su torre del siglo XII-XIII) que evidencian
su primigenio uso militar. Toda la localidad se protegerá con una muralla
todavía perceptible en su trazado urbano, a lo que se le sumará el valor
defensivo de ambas iglesias, además del propio castillo. En estas fechas Enciso
pasará a manos de la Orden de Calatrava, cuya tenencia no durará más de cuatro
años (1284-1288). Tras un siglo de nuevo como villa de realengo, Juan I dará la
localidad en el siglo XIV a Diego Gómez de Sarmiento, familia que terminará
enlazando con los Medinaceli por el matrimonio de Juana Sarmiento con Luis de
La Cerda, III conde de Medinaceli, siendo Enciso uno de los elementos más
destacados de su dote (siglo XV).
Todos estos cambios
denotan la importancia que tenía la villa en aquel momento, tanto a nivel
económico como estratégico, saliéndose de las dinámicas generales del resto de
la sierra riojana, controladas en su mayoría por el Señorío de Cameros. Enciso
se establecerá como un “rara avis”, una villa que gracias a los cambios
constantes en las tenencias y posesiones podrá fortalecer su concejo ante la
permanencia constante de un señor o familia. No es entonces de extrañar que
para el siglo XII Enciso ya se hubiese asegurado el control del territorio
aledaño, conformando el Concejo de Enciso, siendo reconocido como uno de los
concejos que conformaban el Reino de Castilla hasta el siglo XIX (con la
desaparición de los señoríos y la reforma liberal) y dando nombre a todo el
territorio que actualmente abarca como “Tierras de Enciso”.
Este concejo estaría constituido no sólo por el propio Enciso, sino también por sus siete históricas aldeas: Navalsaz, El Villar, Poyales, Las Ruedas, La Escurquilla, Valdevigas y Garranzo. Los orígenes históricos de cada una de estas localidades siguen siendo un misterio, y, aunque algunas parecen contar con una antigüedad notable (como es el caso de Navalsaz, con restos de lo que podría ser una fortificación en la iglesia de Santiago), no será hasta la carta de Hermandad de 1422 de Enciso y Muro de Aguas cuando aparecen por primera vez a nivel documental, ya como aldeas y sin existir documentos conocidos que indiquen un origen independiente a la propia villa de Enciso.
Será en el siglo XVI
cuando Enciso inicie su edad dorada con su participación en el ganado
trashumante, pero, sobre todo, con su incipiente industria lanera, como lo
demuestra la ordenanza municipal de 1530 de paños y pañeros, primer documento
de organización textil de toda La Rioja, y que estuvo en vigor hasta el siglo
XVIII. Desde entonces, Enciso unió su destino al de la lana, desarrollando una
importante industria que se mantendrá hasta el siglo XVIII, momento en que este
modelo doméstico entrará en crisis ante las nueva máquinas, fábricas y medios.
No obstante, gracias a su oligarquía y a su larga tradición, algunas familias
enciseñas como los Quemada, que supieron centrar sus esfuerzos en ponerse al
día con los tiempos y modernizar su industria, provocaron que para 1847
existieran dos fábricas completamente mecanizadas y movidas por el río Cidacos.
Sin embargo, este auge
industrial se vio empañado por la división y partición del municipio cuando en
1862 se constituyó el ayuntamiento de Poyales conformado por esta localidad, El
Villar, Navalsaz y Garranzo. Los motivos de esta separación todavía no están
claros desde el punto de vista histórico, siendo una de las grandes lagunas de
la historia reciente del municipio que, esperemos, pueda resolverse en los
próximos años mediante un estudio histórico más profundo sobre el tema. Esta
separación llama especialmente la atención ante la aparente armonía existente
entre la capital y las aldeas durante los siglos XV, XVI y XVII (en este último
siglo el Concejo había logrado, incluso, obtener una bula papal para la iglesia
de Navalsaz, lo que demuestra un alto grado de compromiso político para con
esta localidad en principio “menor”). Con ello, estas buenas relaciones
institucionales se vieron alteradas durante algo más de un siglo hasta que, en
los años 70, este nuevo municipio terminó desapareciendo por la caída de la
industria enciseña (y su consiguiente colapso económico y demográfico) por la
falta de buenas comunicaciones, más aún con la instalación del “trenillo” en
1920 que provocó la progresiva deslocalización de las fábricas al cercano
Arnedo y a otras ciudades más alejadas como Calahorra o Logroño.
Como ha podido comprobarse en los párrafos anteriores la poca historia que conocemos hasta el momento de la localidad nos muestra una villa de gran relevancia social, política y económica, la existencia de un concejo que supo organizar territorialmente buena parte del alto valle del Cidacos durante siglos, en los cuales llevó a cabo una intensísima labor de patrocinio artístico que sigue siendo, en gran medida, desconocido, pero todavía presente en las calles y rincones de la villa. Es cierto que esta investigación sigue estando en un estado todavía “embrionario”, pues es poca la bibliografía que se ha logrado reunir hasta el momento por la fala de publicaciones y de interés que este pequeño pueblo de la serranía riojana ha suscitado a nivel histórico-artístico, pero los datos recopilados permiten vislumbrar la intensidad de fenómenos y procesos que nos quedan por estudiar, y de los cuales todo lo anterior no ha sido sino una regesta, una suerte de prolegómenos que, esperemos, sirva para iniciar un largo camino por recorrer. Llegados a este punto, la búsqueda bibliográfica, que se ha primado las fases iniciales, se ha ido viento complementada y aumentada con el acceso a las fuentes primarias desde hace ya algunos meses, trabajo todavía en proceso, motivo por el cual no se ha decido exponer hoy aquí.
Interior de la iglesia de Santa María de La Estrella, en donde puede apreciarse la ostentación del poder político por medio del mecenazgo artístico por parte del concejo
Como autor sólo me queda invitaros a acompañarnos en este viaje, a que podáis disfrutar con nosotros de este largo y complicado proceso que supone una investigación histórica de estas características, en donde el análisis y estudio del patrimonio debe buscar una perspectiva que trascienda lo artístico con el fin de comprender la economía, la sociedad, la historia y la organización política que rigió durante siglos las forma de vida y la cosmovisión de esta localidad que parece presentar una serie de fenómenos extremadamente anómalos si se compara con las homólogas comarcales o regionales. Así mismo, también os invito a visitar la calles de Enciso y de sus aldeas, a entrar en sus iglesias de San Pedro o de la Virgen de La Estrella, a admirar el extraordinario patrimonio que allí se encuentra, o a deteneros en el resto de monumentos que sirvieron para mostrar la bonanza y poder de un sociedad compleja, pero anónima, llena de ermitas, puentes, rollos, castillos, murallas e iglesias, pero falta de escudos, estatuas, placas o insignias, falta de nombres, unos nombres que solamente podrán recuperarse leyendo los documentos que, durante siglos, han estado a la espera de alguien que quiera leerlos, analizarlos y entenderlos.
En conclusión, el Enciso que vemos hoy es un pequeño pueblo que no alcanza los 180 habitantes (datos proporcionados por el alcalde Manuel Valle Melón) y enclavado en un terreno adusto y poco productivo agrícolamente, pero que durante siglos acogió una sociedad que supo explotar los recursos que las montañas y el ganado lanar le proporcionaban, tejiendo una historia que se fue construyendo por medio de documentos y de monumentos todavía visibles y que, a día de hoy, siguen recordando al visitante el poderío y gloria de un concejo que, hasta la hecatombe demográfica rural de mediados del siglo XX, supo mostrar su grandeza a unos niveles nunca vistos en la región y que sigue generando sorpresa y admiración entre todos aquellos que se acercan a esta pequeña villa del alto valle.
Por todo ello, me gustaría concluir esta introducción citando unas palabras de un famoso profesor de la Universidad De la Rioja que pueden ilustrar, magistralmente, el trabajo que aquí se está llevando a cabo: "la Historia es como un edificio en donde cada uno de nosotros pone los ladrillos que le son posibles. Algunos de esos ladrillos durarán siglos, otros no superarán las décadas, pero cada uno es importante para mantener lo que existe o para ampliar nuevos horizontes. Eso seréis vosotros: ladrillos que conforman lo que hasta ahora hemos venido definiendo como historiografía, pero que no dejan de ser, en última instancia, una Historia con mayúsculas. Sin ladrillos, buenos o malos, no habría jamás Historia” (apuntes del curso 2022-2023).
In memoriam Prof. José Luis Gómez Urdáñez, quien tanto luchó porque esta investigación saliera adelante.

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